INSTRUCTORA DEL CLUB HÍPICO ATALAYA
Ofelia González
"Al principio, el caballo asusta" |
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Al padre de Ofelia, médico de profesión, un día le regalaron un cochino. Incapaz de matarlo, lo llevó a su casa de Guamasa, donde sus cinco hijos (el sexto llegaría un poco más tarde) se dedicaban a montarlo como si de un caballo se tratase. Esta instructora de hípica reconoce esta anécdota infantil como el comienzo de su afición por un mundo que le apasiona.
La familia pronto se hizo socia del club hípico La Atalaya y Ofelia fue pasando de los ponis a los caballos.
¿Qué tienen estos animales para mantenerlos a su lado toda la vida?
“Me encantan. No sé si lo que más me gusta es dar las clases a jinetes o cuidar de los caballos, pero disfruto con todo ello. Estudié Magisterio porque me apasionan los niños y entrenando jinetes lo tengo todo: enseño a niños y gente muy joven y trabajo con caballos. No puedo pedir más”.
Incluso unió su vida a la de otro aficionado…
“Es una suerte, porque esto lleva muchas horas y si en la pareja a uno de los dos no le gustan los caballos, es posible que la cosa no dure”.
¿Es un deporte muy costoso?
“El fin de semana de cualquier niño en la calle sale más caro. Conozco mucha gente que, sin excesivas posibilidades económicas, mantiene un caballo. Eso sí, es muy sacrificado, porque al animal no lo puedes abandonar, tienes que estar pendiente de él”.
¿Cuántos caballos tienes?
“Ahora mismo tres. En mayo murió el más viejo. Llevaba 24 años conmigo y compitió hasta el final. Fue un disgusto enorme. Los otros se llaman Herat, que es el que montan mis sobrinos; Lambiek y Shirkam, que es el más ruinito. Lo compré por pena, porque estaba abandonado en un barranco, y tiene problemas de conducta. Pero ahora está más tranquilito”.
Uno de ellos lo tiene en casa. ¿Tiene más animales?
“Cuando me casé vivíamos en un piso y, como yo quería un perro, mi marido me regaló un conejo, que se vino con nosotros a la nueva casa en El Ortigal. Además, tenemos dos perros, el caballo, pájaros y peces. Y un pequeño huerto que me resulta apasionante. Disfruto con la naturaleza y viendo a mis sobrinos pasarlo bien en mi casa”.
¿Hay personas como el protagonista de la película “El hombre que susurraba a los caballos”, con un don especial para tratar con ellos?
“Creo que sí. Yo tengo un buen trato con los caballos, creo que consigo relacionarme bien. Cuando voy a dar las clases de salto, lo primero que hacen los animales es acercarse a mí. No digo que yo tenga un don especial, pero sí que hay gente que sabe dar al caballo el trato adecuado”.
¿Son como los perros? ¿Reconocen a su dueño? ¿Le son fieles?
“Reconocen a su dueño, pero no todos muestran ese amor incondicional por ellos. El caballo lo que hace es depositar su confianza en el humano. Date cuenta de que los sometemos a continuos ‘secuestros’. Los trasladamos de un sitio a otro, los
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obligamos a hacer cosas… Eso los estresa y, sin embargo, lo hacen porque confían en ti. Tengo un amigo que, cada vez que viajaba, su caballo fingía estar enfermo. Cuando regresaba, milagrosamente el caballo se recuperaba. Tienen sentimientos…”.
¿Hay que tener condiciones físicas especiales para montar a caballo?
“Al principio, el caballo asusta por sus dimensiones, pero sólo hay que estar un poco en forma, sobre todo tener unas piernas que te permitan sostenerte bien sobre él, pero nada de especial. Lo verdaderamente importante es tener una buena cabeza, mucha serenidad y saber comprender al animal. Fíjate que antes los endocrinos recomendaban montar a caballo porque ejercitas todo el cuerpo: piernas, estómago, cintura… Tampoco hay una edad recomendada para empezar. Cualquiera puede dar buenos jinetes”.
¿Se resiente mucho la espalda?
“Eso dicen, pero a mí un traumatólogo me dijo que tenía la espalda más recta que había visto en la vida. Sin embargo, el hueso sacro lo tengo destrozado”.
En Tenerife hay varios clubes hípicos y centros ecuestres. ¿Hay mucha afición?
“Sí la hay. Un censo hecho no hace mucho dice que, en proporción, la superficie de Tenerife tiene más caballos que la de Inglaterra. Y es que hay muchas disciplinas diferentes y la vida en un club es muy familiar. En La Atalaya organizamos un montón de actividades para padres e hijos, vamos juntos de romería, los niños pasan los días enteros en contacto con la naturaleza. Como club, es de los que más jinetes desplaza a la hora de competir, y también de los que más recibe. Se lo recomiendo a todos”. |
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