Éramos tres. Somos tres en el ruido insoportable de un bar de Madrid en el que, a según qué horas y según que días, no se puede hablar. Literalmente.
Era jueves por la noche, casi las tres de la mañana y al único camarero que quedaba no le daba la gana de ser educado, siquiera porque se nos notaba a la legua que íbamos con ganas de reírnos.T ras dos intentos frustrados de arrancarlo de la mala leche en la que se había instalado, tiramos la toalla. Ya estaba bien. Le dimos mentalmente al tipo el premio Amable del Turismo (y ahora que lo recuerdo, también se lo dimos en voz alta) y nos fuimos resignadas hasta la mesa con un vaso de una cosa que él juraba era Arehucas y nosotras estábamos convencidas de que era pis de gato.
Cuando una va a esconderse a un antro tal, lo menos que pide es que se la trate con un poco de respeto. Respect, man. Pero no era la noche ni era el lugar.
Así que a resignarse y a maldecir al camarero y provocar catástrofes con la mente. No nos quedaba otra. Bebíamos a tragos largos, como auténticas cosacas, porque el tipejo –con las orejas y la boca y la nariz más feas que hayamos visto nunca– nos apremiaba. Por lo visto sólo nosotras debíamos terminar las copas en un margen de quince minutos.
Seguimos a lo nuestro, hablando, casi pegadas a la mesa de al lado, en la que una pareja jovencísima (más joven que nosotras. Lo dicho: jovencísima) hablaba por encima de la música. No puedo evitarlo. Agucé el oído todo lo que pude y dejé a mis compañeras batiéndose el cobre con orejón-inadaptado mientras yo me dedicaba al noble arte que cultivo desde chica, y que he convertido en mi profesión: fisgar. Escuché así a la chica de la pareja de al lado expresar a su amigo Eloy las preocupaciones en las que la sumía no dar la talla en su primer papel. Lo fantástico y fácil de trabajar con Julio. El vértigo y la ilusión de un sueño que nunca pensó alcanzar. Ella, ojos verdes, cara dulce y timidez a flor de piel, se puso casi eufórica, como la niña que es, al saberse reconocida. Dio las gracias de manera sincera y efusiva. Hizo olvidar al camarero y su risa de conejo cínico, al ruido atronador y desconsiderado. Ella se llama Manuela Vellés y es una actriz completa. Pero, aunque no lo fuera, la protagonista de Caótica Ana, el último trabajo de Julio Médem, se merece el cielo sólo por haber sido capaz de iluminar nuestra salida del local más desapacible que hayamos pisado nunca.
A fuego lentoMARIBEL ANDIÓN
Mónica
Cuando Sara, Montiel, se llevó el puro a la boca y alardeó con lo de“fumandoespero” se adelantó a su tiempo y, sin querer, vaticinó lo que hoy en día es práctica habitual entre los denostados fumadores: hacer tiempo, dar tiempo al tiempo...Aquí,pocas mujeres se atreven a llevarse el puro a la boca. Probablemente, no contamos con hembras de rompe y rasga como la manchega. Y las que hay, no fuman puros. Quizá algún cigarrito rubio light,quemola mazo. El negro, más barato y salvaje, está en peligro de extinción y sólo lo humean los desesperados. No obstante, persisten en la memoria las fumadas de Mónica Rumeu en la cava de Cóndal & Peñamil,enelcapi-talino callejón del Combate, donde tiempo atrás Víctor Zurita se pegaba sus buenos puros en la vieja Redacción del periódico La Tarde. No sé si Mónica sigue siendo la reina de aquellos selectos enjambres de homenajes y aromas con palmeros de acá y algún habano de allá, que se quemaban con pomposa parsimonia.
Lo de la Rumeu, me cuentan, era una puesta enescena,una ceremonia para deleite de los sentidos en donde el tiempo era lo de menos.Todo lo contrario a los fumatas de oficina que se agobian entre caladas al comprobar que el pitillo se consume y deben regresar al puesto de trabajo. Y fuman sombríos al aire libre, en libertad, pero como de tapadillo. Antes, para esconderse, se fumaba en los cuartos de baño y se escribían guarrindongadas en la pared y se tiraba de la cadena. Ahora, no. El retrete ha vuelto a su función y está para lo que está. El círculo se cierra y los pocos techos que quedan para cobijar el fumeteo languidecen. En Cataluña, la cosa va más allá y la Generalitat, que es muy suya y republicana, quiere prohibir por decreto que se fume en locales de menos de cien metros cuadrados donde se manipulen alimentos. O sea, en los baretos de toda la vida. A este ritmo, sólo aceras, rellanos, bordillos, azoteas, parterres, balcones... darán amparo a la espera del fumador. De todas formas, siempre quedará Mónica Rumeu...