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Pas de Deux ANA / ESTEFANÍA MARTÍN

Hoy vamos a reivindicar el tallaje superior en los hombres. Vamos a dar una vuelta de tuerca a las restricciones que, desde todos los tiempos, nos han impuesto a las mujeres para desempeñar determinados trabajos por ser muy bajas, muy altas, tener cartucheras, poco pecho, ser muy jóvenes o muy viejas, o todas estas cosas juntas. Hemos estado observando el desolador panorama de los hombres públicos del Mundo y nos hemos dado cuenta de que más del 50 por ciento de los señores que rigen nuestros destinos es bajito.
Vamos, que según la teoría de mi madre, ya expresada

hasta la saciedad en esta columna, todos podrían haber sido novios míos.
Comenzando por Berlusconi, el caso más flagrante, puesto que lleva tacones internos y externos para disimular su cortedad (imagínenselo sin los siete centímetros de más que le dan las alzas) hasta el mismísimo y flamante présidente Sarkozy, al que acabamos de descubrir su baja estatura hace escasos días, porque, como bien dice mi compañero Félix Morales “los bajitos suelen ser tunantes”. Y el francés se conduce por la vida como si midiera uno ochenta. Por eso se había escapado de nuestro ojo hasta ahora.
Por cierto, que volviendo a il cavaliere, un eurodiputado nos contó una vez que elige a sus escoltas más pequeños ¿pigmeos, tal vez? para parecer más alto. Toda una metáfora de su talla mental… Putin es otro menudo, karateka tercer dan y cachas, sí, pero enano. Su estatura sólo es superada por las malas pulgas que se gasta el individuo desde su experiencia en Afganistán hacia adelante. ¿Y Evo Morales?
En fin, a lo que íbamos, que igual que a las mujeres se nos impide ser modelos si no llegamos al metro setenta (de mi generación, una de cada cien), esa debería ser la talla mínima para que un estadista (hombre) fuera estadista.
Se evitarían problemas logísticos como el de tener que elegir a todo el servicio y personal de confianza a escala, convertir la residencia oficial en una réplica de Pueblochico, evitar los atriles en las comparecencias, cardarse el pelo o dejárselo crecer de forma cónica, usar micrófonos de cuello de avestruz…
Ya decimos. Con sólo una revisión del patronaje podemos cambiar la Historia. ¡Ay, si Napoleón hubiera medido 1.90!
A fuego lento MARIBEL ANDIÓN
En El Corte Inglés
No es normal. ¿O sí? Se lo preguntaremos a Alfredo Medina... El caso es que cuando uno entraba a El Corte Inglés, Víctor Pérez Borrego salía. Segundos más tarde, el que esto escribe topaba con el fotógrafo de Diario de Avisos Sergio Méndez (nunca olvidaré su espléndida fotografía del entierro en Valle Gran Rey de José Manuel Gámez, el legionario chalanguero fallecido en Bosnia). Después, José Carlos Marrero surgía con parsimonia entre las góndolas del supermercado, al igual, acto seguido, que su colega en asuntos gastronómicos José H. Chela, que, entre otras viandas, portaba gazpacho de bote. Pero la tarde del sábado guardaba más tropiezos. Carlos Garcinuño, padre, andaba hasta los grandes almacenes en caza y captura de unos suculentos espárragos (deberían ser extraordinarios pues en esto del buen comer Tío Carlos, como Marrero y Chela, es una autoridad)Ya en la caja, Víctor Zurita, hijo, y su mujer, Eva Calvo, hacían acto de presencia ante mi retina. La natural conversa se sucedía de nuevo, con la esperanza, claro, de retomarla en breve con cualquier otro espécimen de reconocido conocimiento. Y así fue. Mi sobrino Sergio Batista  cumplía, raudo y veloz, con la
cortesía de turno, mientras que en las pobladas escaleras mecánicas el porte de Andrés Chaves, que miraba absorto hacia el infinito, sobresalía sobre el resto de seres humanos. A su lado, claro, Elena Fumero. Nos saludamos en la distancia. El alejamiento mutuo no daba para más... O por lo menos para intercambiar algún vocifero que otro. Pero no era cuestión. La compra había llegado a su fin y a la salida del garaje la figura de Víctor Pérez Borrego aparecía de nuevo. En esta ocasión, el eficaz consejero de Economía y Hacienda del Cabildo de Tenerife entraba conduciendo su inconfundible Toyota Previa. Algún olvido de última hora...
En clave de mercado CARMEN PERERA
Día del Medio Ambiente
Un año sólo tiene trescientos sesenta y cinco días, salvo los afortunados bisiestos, con alguno más. Resultan pocos si se trata de elegir una fecha para conmemorar todo aquello que debemos tener presente: por lo que debemos sentirnos avergonzados, o por lo que alegrarnos. Los hay para todos los gustos: un día mundial del medio ambiente, un día internacional de los océanos o un día canario del árbol; todo depende de la cobertura o la importancia que le queramos dar al tema.
¿Qué tiene que ver esto con el marketing? Todo. Cuando una institución decide escoger una fecha para señalar en el calendario el día en que hay que meditar sobre un determinado problema o asunto, estamos ante otra forma más de comunicación. Parece lógico, por ejemplo, que quienes se dedican a la lucha más o menos activa para proteger el medio ambiente, se esfuercen en planificar conferencias, festivales y todo tipo de actividades en el día mundial que se celebra el 5 de junio.

Se convertiría así en una acción diseñada de relaciones públicas que complementaría las tradicionales campañas de sensibilización en medios publicitarios.
En estos días de tanta saturación publicitaria, hay que esforzarse no sólo en buscar la originalidad de los mensajes, sino también la originalidad de los propios medios. Lo que hace unos años podía resultar una idea divertida, diferente y creativa en sí misma, hoy se ha convertido en “una más”, puesto que no hay día del año en que no se conmemore algo. Una cosa es escoger un día para llamar la atención sobre la urgencia o gravedad de un problema y otra cosa bien distinta es que terminemos por decirle a la gente que, con una limosnita o un recuerdo ese día concreto, ya han salvado su cuota personal de responsabilidad con ese problema. Es una buena idea, pero no es suficiente cuando se trata de conseguir que la gente se implique durante todo el año, ¿no?
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