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Antonio Hernández

El alma de El Kilo


Richard, Javier, Marichu y Antonio, con sus padres María Asunción Sánchez y Antonio Hernández.

Antonio dice haber sido muy carnavalero, pero sin la gracia suficiente para lucir los disfraces. Su familia no opina lo mismo. La costumbre de presentar una candidata a Reina del Carnaval por los almacenes El Kilo tenía su correspondencia en su popietario que, cada año, elaboraba un disfraz junto a un grupo de amigos y salía a disfrutar de la fiesta.
Hasta hace unos años, Antonio seguía siendo el primero en llegar a su negocio, donde recibía a sus empleados y pasaba la mayor parte del día, siempre con nuevas ideas y el mismo empuje. Cuando la enfermedad le obligó a retirarse, dos de sus hijos cogieron el relevo al frente del negocio, continuando con el cariño que el cabeza de familia siempre puso en su trabajo. Ahora, ya retirado, recuerda en casa, rodeado de los suyos, sus días de baloncesto en Tánger, las dificultades de la guerra, los comienzos de una empresa que logró sacar adelante y de la que él ha sido el alma. Es, al fin y al cabo, un hombre hecho a sí mismo.

Antonio Hernández Laverny venía de una familia de músicos. El arte corría por las venas de algunos de sus parientes cercanos, pero él se interesó desde muy joven por el mundo del comercio. De hecho, su primer trabajo fue de repartidor de limonadas en uno de los camiones de una empresa francesa en su Tánger natal. Tenía sólo catorce años. Cuatro después, con dieciocho, empezará con la representación de productos extranjeros, lo que será el inicio de una carrera comercial que culminará con la creación de uno de los almacenes más populares de Tenerife, referente del sector textil en la Isla.
Pero a Antonio y su familia les tocó vivir tiempos revueltos. Pasó años con sus padres y hermanos en Madrid, de donde era natural su progenitor. También allí se dedicó a la representación de productos. De vuelta a Tánger conoció a la que sería su mujer, se casó y tuvo a sus dos primeros hijos. Pero la independencia de Marruecos llevó a muchos de los habitantes de aquella ciudad a buscarse un futuro lejos de casa. Antonio barajó algunas posibilidades, pero finalmente decidió instalarse en Canarias, por aquel entonces puerto franco, a donde llegó solo, para instalarse. Luego trajo a su familia. Sus dos hijos pequeños nacieron aquí, igual que sus nietos.
El negocio de las representaciones iba bien. Primero fue corsetería, bañadores… Con el tiempo comenzó a traer de Estados Unidos ropa de cama: sábanas y toallas que se traían por kilos. Y asì nace y de ahí viene el nombre de Almacenes El Kilo. Era el año 1973. Las tiendas van cambiando de emplazamieto, desde la calle San Miguel a la de San Francisco Javier y la actual de la calle del Castillo, pasando por otros lugares e islas.
En los primeros tiempos, El Kilo vendía incluso discos importados de Estados Unidos. Durante una época hubo perlas traídas de Japón… Pero lo que de verdad hizo de estos almacenes un lugar tan popular fueron sus telas, especialmente las de fiesta y carnaval. Allí se podía (y se puede) conseguir lo que se necesitaba para confeccionar el más elegante de los vestidos o el más fantasioso de los disfraces. En aquel momento era el único lugar especializado en este tipo de productos y, con el paso de los años y la competencia, no sólo se mantuvo sino que continúa siendo uno de los comercios más emblemáticos de la Isla.


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