En ‘Gente Corriente’ (‘Ordinary people’) Robert Redford compone y eleva a la categoría de largometraje una historia normal, anónima, como tantas. Basada en una novela de Judith Guest, sus protagonistas podrían ser cualquier persona con una historia que contar. Pero hay que saber discriminar y distinguir qué es bueno y qué es, simplemente, bazofia. La tibieza y el todo vale campan a sus anchas y, con la disculpa de la libertad de expresión que, en el fondo, no es otra que la disculpa del maldito dinero, algunas empresas informativas de aquí y de allá ensucian la vida. Restregan miserias, se aprovechan de miserias, venden miseria, justifican miserias... Lo fácil, el usar y tirar, la comida rápida... se está imponiendo al sentido crítico, a la reflexión... Y no todo lo cotidiano, lo de todos los días, es así. Aprovecharse del sensacionalismo, de las pasiones, es fácil. Lo atractivo, lo arriesgado, lo valiente, en verdad, es saber comunicar con estilo y hacerlo con talento e imaginación para, evidentemente, generar valor añadido, riqueza y empleo... con dignidad. Sólo con estos ingredientes, la gente corriente, nosotros, tendremos la tranquilidad de recibir calidad y, al
tiempo, ser fotografía de portada. Felicidades a la revista FAMA por su primer aniversario y compromiso, a los que la sostienen con su fidelidad (me cuenta Carmen Perera, que de esto entiende, que la leen, como mínimo, treinta mil personas) y a las empresas anunciantes que la utilizan como eficaz soporte publicitario. Y a ustedes, lectoras (las más) y lectores (algunos hay), les invito a seguir disfrutando con esta publicación mientras oyen el Canon de Pachelbel, maravillosa pieza barroca con la que Redford musicó su película, Óscar a la mejor dirección, film, actor secundario y guión adaptado en el año 1980.
Pas de DeuxANA / ESTEFANÍA MARTÍN
Parafraseando a nuestro amigo Fernando García, la frustrada es “una individua que no tiene conciencia con nada”. Y cuando digo nada, quiero decir nada. Ni respeto, ni decoro. Vamos a ver, no quiero ser depredadora de mi propio género. Seguro que también hay frustrados, pero yo creo que son más ocultones. La frustrada lleva siglos fuera del armario, para mayor gloria de su especie. Va tranquilamente, aireando al mundo su frustración, que se le nota hasta en la cara, con las comisuras de la boca siempre hacia abajo y la piel llena de bultitos que los
dermatólogos dicen acné y yo digo mala leche condensada. Con la frustrada no se puede. Porque lo mismo te mira de arriba abajo ciento cincuenta veces con cara de querer arrastrarte calle abajo que te amenaza con hundirte la vida porque se le pone a ella en el escote. Tranquilos. No es peligrosa, pero sí incómoda. Busca, con frecuencia, trabajos en los que pueda ser deliberadamente borde porque el mundo la ha hecho así. Por teléfono, por carta o en vivo y en directo. Ella no para mientes en repartir su hiel. Claro que, siendo condescendientes, la frustrada es una criatura a la que se puede llegar a entender y hasta a coger ese cariño que nace de la lástima. Porque, un suponer: Si usted se ha casado con un enano calzonazos, ha estudiado ADE pero tiene un trabajo patético, quiere medrar en la vida y su familia es de película de terror, se hace la lipo pero los bultos que le quitaron de las cartucheras le han salido ahora en los brazos…No me digan que no se solidarizan. Amos, que en una de estas, cualquiera de nosotras, chicas felices de la vida, puede mutar en frustrada. Dios no lo permita.
PD: Mientras escribimos esto se está celebrando el Día Mundial de la Frustrada. Deseamos de corazón que usted haya salido indemne.
En clave de mercadoCARMEN PERERA Investigar, ¿sin dinero?
A nadie se le escapa que una empresa tiene necesidad de conocer su mercado y, para eso, lo mejor es hacer estudios. Sabemos cuántos recursos invierten las grandes organizaciones para estos fines. Y sabemos también que están continuamente observando a las masas consumidoras, vigilando a sus competidores, pendientes de las decisiones de los gobiernos y, en fin, intentando conocer qué pasa hoy y anticiparse a las variaciones que puedan ocurrir mañana.
Pero, claro, esto desanima a las pequeñas empresas que no disponen de estas enormes sumas de dinero que cuesta sondear el mercado. Me gustaría desmontar esa leyenda.
Porque si bien es cierto que las grandes investigaciones son muy costosas, no lo es menos que una pequeña empresa puede conocer su entorno comercial con muy poco, o ningún dinero. La técnica es sencilla y consta de dos pasos: “abrir los ojos y los oídos” y hacer eso que, parece muy simple pero pocos hacemos, que es “intentar ponerse en el lugar del otro”. ¿Caro, difícil…? Parece que no. Escuchar, observar a nuestros clientes, a quienes nos compraron y a quienes no lo hicieron, para saber los motivos de unos y otros. Atender las quejas cuando
tienen lugar, y preocuparse de sus causas. No mirar de soslayo, con desconfianza y animadversión a la competencia, sino fijarse en qué hacen ellos y, si lo que hacen está bien, imitarlos para mejorar nuestro servicio.
En definitiva, todo se reduce a no mirarnos el ombligo, sino mirar a los demás con espíritu abierto. Con ese mínimo esfuerzo tendremos un buen conocimiento del mercado, que nos permitirá mejorar nuestro pequeño negocio y crecer. Entonces sí podremos invertir en estudios más ambiciosos porque nos habremos convertido en una gran empresa.